El último pincelazo “¡ya está!” dijo mi papá, mientras se disponía a guardar su material de trabajo.Desde hace varios meses un médico le aconsejó que hiciera algo, para entretenerse fuera de su trabajo habitual, por lo tanto se decidió por los “duendes” de porcelana fría, tomó un pequeño curso, y hoy es todo un artesano, ya hizo tantos, que mi mamá se queja diciendo “¡Vamos a tener que irnos para que vivan los duendes!”. Ellos están todos acomodaditos en cajas, muy vistosos y coloridos. Ocupando gran parte del lavadero de mi casa, por eso nos pareció muy raro que comenzaran a aparecer en diferentes lugares y desarmados, mi papá se enojó mucho con el gato, con el perro, conmigo, por eso decidí investigar, por que aunque parezca loco, mi tía Titi me había dicho que algunos duendes cobraban vida. Esa noche dormí con un ojo abierto; hasta que me dormí, de pronto desperté de golpe y lo vi; ¡un duende tratando de sacarle la cabeza a mi Ken!, me senté en la cama, me frote los ojos y dije - ¡¿Qué haces!?, ¡eras vos el que desarmaba los duendes! Se quedo ahí duro mirándome fijo. Lo miré y noté que tenía algo diferente a los demás, por lo general todos los duendes están impecablementente vestidos o pintados, este en cambio tenía una manchita negra a la altura del corazón - ¿sería eso lo que lo haría malo? Me pregunté, me levanté, agarré un pincel y pintura, y arreglé esa manchita.
Ya pasaron varios días de aquel hecho, todo ha vuelto a la normalidad, ahora tranquilos y a dormir sin sobresaltos.
María Eugenina Chialva
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